Oliver se incorporó y esbozó su mejor reverencia. Había estado preguntándose, con los ojos fijos en el polvo del magistrado, si todas las juntas nacían con esa sustancia blanca en la cabeza y si por esa razón eran juntas de allí en adelante.
—Bueno —dijo el viejo caballero—, supongo que le gustará limpiar chimeneas.
—Le chifla, su señoría —respondió Bumble, dándole a Oliver un pellizquito disimulado para darle a entender que valía más que no dijera que no.
—¿Y será un deshollinador, verdad? —inquirió el viejo caballero.
—Si lo metiéramos en cualquier otro oficio mañana, se escaparía al instante, su señoría —replicó Bumble.
—Y a este hombre que va a ser su amo —usted, señor—, ¿lo tratará bien, y lo alimentará, y le dará toda esa clase de cuidados, no es así? —dijo el anciano.
—Cuando yo digo que lo haré, lo haré —replicó el señor Gamfield con tozudez.
—Habla usted sin rodeos, amigo mío, pero tiene cara de hombre honrado y de buen corazón —dijo el viejo caballero, volviendo los lentes hacia el candidato a la recompensa por Oliver, cuyo rostro villano era el recibo sellado de la crueldad.
Pero el magistrado estaba medio ciego y medio senil, de modo que no se podía esperar razonablemente que discerniera lo que los demás veían.
—Eso espero, señor —dijo el señor Gamfield con una mueca desagradable.