temer que algo demasiado terrible para pensar en ello hubiera ocurrido ya! ¡Y qué comparación tenían el fervor de todas las plegarias que jamás había rezado con aquellas que derramó ahora, en la agonía y la pasión de su súplica por la vida y la salud de la dulce criatura que tambaleaba al borde de la fosa profunda!
¡Oh! ¡El suspense, el temible y agudo suspense de permanecer de brazos cruzados mientras la vida de alguien a quien amamos profundamente oscila peligrosamente en la balanza!
¡Oh! ¡Los torturadores pensamientos que se agolpan en la mente, haciendo que el corazón lata con violencia y que el aliento se vuelva pesado por la fuerza de las imágenes que evocan ante ella; la desesperada ansiedad por hacer algo para aliviar el dolor, o disminuir el peligro, que no tenemos el poder de mitigar; el hundimiento del alma y del espíritu que produce el triste recuerdo de nuestra impotencia; qué tormentos pueden igualar a estos; qué reflexiones o esfuerzos pueden, en el auge y la fiebre del momento, calmarlos!
Llegó la mañana; y la pequeña casa de campo estaba solitaria y silenciosa. La gente hablaba en susurros; rostros ansiosos aparecían en la reja de vez en cuando; mujeres y niños se marchaban entre lágrimas. Todo el santo día, y durante horas después de que hubo oscurecido, Oliver deambuló suavemente de un lado a otro por el jardín, alzando los ojos a cada instante hacia la habitación de la enferma, y estremeciéndose al ver la ventana oscurecida, que parecía como si la muerte yaciera extendida en su interior. Tarde aquella noche, el señor Losberne llegó. > «Es difícil —dijo el buen doctor, apartándose mientras hablaba—; tan joven; tan querida; pero hay muy