Codal
nydus/Oliver TwistPublic
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XLIV. Llega el momento en que Nancy debe cumplir su promesa a Rose Maylie. Fracasa

—¿Y bien? —dijo la muchacha, mientras Fagin se detenía con la boca casi rozándole la oreja y los ojos clavados en los de ella.

—Ahora no importa. Volveremos a hablar de esto. Tienes un amigo en mí, Nance; un amigo leal. Tengo los medios a mano, discretos y seguros. Si quieres vengarte de los que te tratan como a un perro —¡como a un perro! peor que a su perro, porque a este a veces lo consienten—, ven a mí. Digo, ven a mí. Él no es más que el sabueso de un día, pero tú me conoces de antiguo, Nance.

—Te conozco bien —respondió la muchacha, sin manifestar la menor emoción—. Buenas noches.

Se encogió, cuando Fagin amagó con poner su mano sobre la de ella, pero volvió a decir buenas noches, con voz firme, y, respondiendo a su mirada de despedida con un gesto de inteligencia, cerró la puerta entre ambos.

Fagin caminaba hacia su propia casa, absorto en los pensamientos que bullían en su cerebro. Había concebido la idea —no a raíz de lo que acababa de suceder, aunque eso había contribuido a confirmársela, sino de manera lenta y gradual— de que Nancy, cansada de la brutalidad del ladrón, se había encaprichado de algún nuevo amigo. Su cambio de actitud, sus repetidas ausencias de casa a solas, su relativa indiferencia hacia los intereses de la banda por la que antaño se había mostrado tan entusiasta y, a todo esto, su desesperada impaciencia por salir de casa esa noche a una hora determinada, abonaban la suposición y convertían el asunto, al menos para él, en una casi total certeza. El objeto de este nuevo afecto no se contaba entre sus esbirros. Sería una valiosa adquisición con una ayudante como Nancy y debía (así razonaba Fagin) ser captado sin demora.

Había otro objetivo, y más oscuro, que alcanzar. Sikes sabía demasiado, y sus burlas de rufián no le habían dolido menos a Fagin por

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