estaba sentado, con los pies ensangrentados y cubierto de polvo, en el umbral de una puerta.
Poco a poco se abrieron los contraventores; se subieron los visillos de las ventanas, y la gente comenzó a pasar de un lado a otro.
Unos pocos se detuvieron a contemplar a Oliver por uno o dos momentos, o sevolvieron para mirarlo con fijeza mientras se apresuraban a pasar; pero ninguno lo socorrió ni se tomó la molestia de averiguar cómo había llegado allí.
No tenía ánimos para pedir limosna. Y allí se quedó sentado.
Llevaba un buen rato agazapado en el escalón: maravillado por la gran cantidad de mesones (en Barnet cada dos por tres había una taberna, grande o pequeña), mirando con desgana los carruajes que pasaban y pensando en lo extrañísimo que parecía que ellos pudieran hacer con total facilidad, en pocas horas, lo que a él le había costado toda una semana de valor y determinación muy por encima de su edad, cuando le despertó la observación de que un muchacho, que había pasado junto a él con indiferencia unos minutos antes, había regresado y lo ahora examinaba con suma atención desde la acera de en enfrente.
Al principio no le hizo mucho caso; pero el muchacho permaneció tanto tiempo en la misma actitud de atento análisis que Oliver levantó la cabeza y le devolvió la mirada fija. Al ver esto, el muchacho cruzó y, acercándose mucho a Oliver, le dijo:
—¡Hola, muchachada! ¿Qué se trae por aquí?
El muchacho que dirigió esta pregunta al joven caminante tenía más o menos su misma edad, pero era uno de los muchachos más estrafalarios que Oliver había visto en su vida. Era un chico chato, de frente baja, rostro común y corriente, y tan mugriento como cualquiera desearía ver, pero se daba los aires y modales