Aun aquello le asustó, por muy robusto que fuera; pero sostuvo el arma hasta que se rompió, y luego la amontonó sobre los carbones para que se consumiera y se redujera a cenizas. Se lavó y se frotó la ropa; había manchas que no salían, pero recortó los trozos y los quemó. ¡Cómo se extendían aquellas manchas por la habitación! Hasta las patas del perro estaban ensangrentadas.
Todo este tiempo no le había dado la espalda ni una sola vez al cadáver; no, ni por un momento.
Tales preparativos concluidos, se movió, hacia atrás, hacia la puerta: arrastrando al perro consigo, no fuera a ensuciarse de nuevo las patas y sacara nuevas pruebas del crimen a las calles.
Cerró la puerta suavemente, la echó con llave, tomó la llave y salió de la casa.
Cruzó al otro lado y miró hacia la ventana, para cerciorarse de que no se veía nada desde el exterior.
Allí seguía la cortina corrida, que ella habría abierto para dejar entrar la luz que jamás volvió a ver. Yacía casi debajo de allí. Él lo sabía. ¡Dios, cómo caía el sol a plomo sobre aquel mismo lugar!
La mirada fue instantánea. Fue un alivio haberse librado de la habitación. Llamó al perro con un silbido y se alejó a paso rápido.
Cruzó Islington; subió a grandes zancadas la colina de Highgate en la que se alza la piedra en honor a Whittington; bajó hacia Highgate Hill, con paso titubeante y sin saber muy bien adónde ir; volvió a desviarse hacia la derecha casi tan pronto como empezó a descenderla; y, tomando el sendero a través de los campos, bordeó Caen Wood y llegó así a Hampstead Heath.