“—«Alguien», digo, «está forzando una puerta o una ventana; ¿qué hay que hacer? Llamaré a ese pobre muchacho, Brittles, y evitaré que lo asesinen en su cama; o le cortarán el cuello», digo, «de la oreja derecha a la izquierda, sin que él llegue a
Aquí, todas las miradas se volvieron hacia Brittles, quien clavó las suyas en el que hablaba, y lo quedó mirando con la boca abierta de par en par y el rostro expresando el más absoluto horror.
—Me quité la ropa de un tirón —dijo Giles, arrojando el mantel y mirando fijamente a la cocinera y a la doncella—, me levanté despacio de la cama; me puse unos...
—Hay damas presentes, señor Giles —murmuró el hojalatero.
—De zapatos, señor —dijo Giles, volviéndose hacia él y poniendo gran énfasis en la palabra—; cogió la pistola cargada que sube siempre arriba con la cesta de la plata; y caminó de puntillas hasta su habitación. «Brittles —le dije, cuando le hube despertado—, ¡no te asustes!»
—Así es —observó Brittles en voz baja.
—«Creo que hombres muertos somos, Brittles —le digo—, pero no tengas miedo».
—¿Estaba asustado? —preguntó la cocinera.
—De eso nada —respondió el señor Giles—. Estuvo tan firme... ¡ah!, casi tan firme como yo.
—Yo habría muerto en el acto, estoy segura, de haberme tocado a mí —observó la doncella.
—Eres una mujer —replicó Brittles, armándose de valor—.