—En ese tipo de negocios —replicó Fagin—, y también la gente de la casa. Has dado en el clavo y aquí estás tan seguro como podrías estarlo en ningún otro sitio. No hay un lugar más seguro en toda esta ciudad que el Tullidos; es decir, cuando a mí me da la gana de que lo sea. Y me habéis caído en gracia tú y la joven; así que ya he dicho mi última palabra, y podéis estar tranquilos.
La mente de Noah Claypole tal vez se quedó tranquila tras esta garantía, pero su cuerpo desde luego que no; pues no paraba de retorcerse y moverse adoptando posturas extrañas, mientras miraba de reojo a su nuevo amigo con una mezcla de temor y desconfianza.
—Te diré más —dijo Fagin, después de haber tranquilizado a la muchacha a fuerza de guiños amistosos y murmullos de aliento—. Tengo un amigo que creo que puede