muy fuerte: «¡Oh, querido hermano!». Y apenas había levantado la vista para ver qué pasaba, cuando lo detuvieron al echarle un par de brazos con fuerza alrededor del cuello.
“No lo hagas —exclamó Oliver, forcejeando—. Suéltame. ¿Quién es? ¿Por qué me detienes?”
La única respuesta a esto fueron numerosas y sonoras lamentaciones por parte de la joven que lo había abrazado y que llevaba en la mano una cestita y una llave de puerta de calle.
—¡Santo Dios bendito! —dijo la joven—. ¡Lo he encontrado! ¡Ay! ¡Oliver! ¡Oliver! ¡Ay, mal muchacho, hacerme pasar por tu culpa semejante angustia! Ven a casa, cariño, ven. Ay, lo he encontrado. ¡Gracias a Dios bendito del cielo, lo he encontrado!
Entre estas exclamaciones incoherentes, la joven prorrumpió en otro acceso de llanto y se puso tan terriblemente histérica, que un par de mujeres que acudieron en ese momento le preguntaron a un muchacho carnicero de reluciente cabellera untada con sebo, que también estaba allí mirando, si no creía que era mejor que fuera a buscar al médico.
A lo cual, el muchacho carnicero, que parecía de natural desenvuelto, por no decir indolente, contestó que le parecía que no.