—¿Estás completamente seguro? ¿No hay posibilidad de equivocación por tu parte, muchacho?—exigió el caballero con voz temblorosa—. No me engañes despertando esperanzas que no han de cumplirse.
—No lo haría por nada del mundo, señor —respondió Oliver—. De verdad puede creerme. Las palabras del señor Losberne fueron que ella viviría para bendecirnos a todos por muchos años más. Le escuché decirlo.
Las lágrimas brotaron en los ojos de Oliver al recordar la escena que había sido el principio de tanta felicidad; y el caballero apartó el rostro y permaneció en silencio durante unos minutos. A Oliver le pareció oírle sollozar más de una vez; pero temía interrumpirle con algún nuevo comentario —pues bien podía adivinar cuáles eran sus sentimientos— y así se mantuvo a un lado, fingiendo estar ocupado con su ramillete de flores.
Todo este tiempo, el señor Giles, con el gorro de dormir blanco puesto, había estado sentado en los estribos del carruaje, apoyando un codo en cada rodilla y secándose los ojos con un pañuelo de algodón azul salpicado de lunares blancos. Que el honrado sujeto no había estado fingiendo emoción quedó sobradamente demostrado por los ojos muy rojos con los que miró al joven cuando se volvió y le dirigió la palabra.
«Creo que harías mejor en irte a casa de mi madre en el carruaje, Giles», dijo. «Prefiero ir caminando despacio para ganar un poco de tiempo antes de verla. Puedes decirle que voy en camino».
—Le ruego que me disculpe, señor Harry —dijo Giles, dándole un último repaso a su alborotado semblante con el pañuelo—; pero si quisiera dejar que el postillón dijera eso, se lo agradecería muchísimo. No sería apropiado que las criadas me vieran en este estado, señor; si lo hicieran, jamás volvería a tener autoridad sobre ellas.