arrojarme una lima y veinte yardas de buena y resistente soga, tanto daría que estuvieras a cincuenta millas de distancia o que no estuvieras en ninguna, por el bien que me va a hacer. Vamos, y no te quedes ahí
La niña prorrumpió en una carcajada; se arropó más el chal; y se alejaron. Pero Oliver sintió que le temblaba la mano y, al mirarle la cara al pasar bajo una farola de gas, vio que se había vuelto de un blanco mortal.
Continuaron caminando, por callejuelas poco frecuentadas y sucias, durante media hora larga: encontrándose con muy pocas personas, y estas, por su aspecto, parecían ocupar más o menos la misma posición en la sociedad que el propio señor Sikes.
Al fin doblaron hacia una calleja muy sucia y estrecha, casi llena de tiendas de ropa vieja; el perro, adelantándose como si fuera consciente de que ya no había necesidad de seguir montando guardia, se detuvo ante la puerta de un comercio que estaba cerrado y al parecer deshabitado; la casa se encontraba en estado ruinoso y en la puerta había clavado un cartel que indicaba que se alquilaba, el cual parecía haber estado colgado allí durante muchos años.
—Está bien —exclamó Sikes, mirando a su alrededor con cautela.
Nancy se agachó por debajo de los contraventores, y Oliver oyó el sonido de una campanilla.
Cruzaron hacia el lado opuesto de la calle y se detuvieron unos instantes bajo un farol. Se oyó un ruido, como si se levantara suavemente una ventana de guillotina; y poco después se abrió la puerta con delicadeza.
El señor Sikes agarró entonces al aterrorizado muchacho por el cuello sin ningunos miramientos; y los tres se encontraron rápidamente dentro de la casa.