—No cierres tu corazón a todos mis esfuerzos por ayudarte —dijo Rose, dando un paso suave hacia adelante—. De verdad deseo servirte.
—Me serviría mejor, señora —respondió la muchacha, retorciéndose las manos—, si pudiera quitarme la vida ahora mismo; pues esta noche he sentido más dolor al pensar en lo que soy que en toda mi vida anterior, y algo sería no morir en el infierno en el que he vivido. ¡Dios la bendiga, dulce señora, y derrame sobre su cabeza tanta felicidad como la vergüenza que yo he traído sobre la mía!
Así hablando, y sollozando amargamente, la infeliz criatura se alejo; mientras Rose Maylie, abrumada por esta extraordinaria entrevista, que tenía más la apariencia de un rápido sueño que de un suceso real, se dejó caer en una silla e intentó ordenar sus dispersos pensamientos.