Muchos de los inmuebles tenían escaparates, pero estos estaban herméticamente cerrados y desmoronándose; solo los pisos superiores estaban habitados. Algunas casas que se habían vuelto inseguras debido a la vejez y la decadencia, se sostenían para evitar caer a la calle mediante enormes vigas de madera apoyadas contra los muros y firmemente hincadas en el camino; pero incluso estas guaridas destartaladas parecían haber sido elegidas como refugio nocturno por algún desdichado sin hogar, pues muchos de los tablones ásperos que hacían las veces de puerta y ventana habían sido arrancados de sus sitios para dejar una abertura lo bastante ancha para el paso de un cuerpo humano. La alcantarilla estaba estancada y mugrienta. Las mismísimas ratas, que aquí y allá yacían pudriéndose en su podredumbre, resultaban espantosas a causa del hambre.
No había ni aldaba ni tirador de timbre en la puerta abierta donde se detuvieron Oliver y su amo; así que, tanteando el camino con precaución por el oscuro pasillo y ordenando a Oliver que