La cita cumplida
Los relojes de las iglesias tocaron las tres cuartas partes de las once cuando dos figuras emergieron en el Puente de Londres.
Una, que avanzaba con paso veloz y rápido, era la de una mujer que miraba con impaciencia a su alrededor, como en busca de algún objeto esperado; la otra figura era la de un hombre que se deslizaba por la sombra más profunda que encontraba y, a cierta distancia, adaptaba su ritmo al de ella: deteniéndose cuando ella se detenía y, al moverse ella de nuevo, avanzando sigilosamente; pero sin permitir jamás, en el ardor de su persecución, acortar la distancia con los pasos de ella.
Así cruzaron el puente, desde la orilla de Middlesex hasta la de Surrey, cuando la mujer, aparentemente decepcionada en su ansioso examen de los transeúntes, dio media vuelta. El movimiento fue repentino; pero a aquel que la vigilaba no lo pilló desprevenido; pues, encogiéndose en uno de los huecos que coronan las pilastras del puente e inclinándose sobre el pretal para ocultar mejor su figura, dejó que ella pasara por la acera de enfrente.
Cuando ella se adelantó a la misma distancia que antes, él bajó silenciosamente y volvió a seguirla.
Casi en el centro del puente, ella se detuvo. El hombre se detuvo también.
Era una noche muy oscura. El día había sido desfavorable, y a esa hora y en ese lugar había poca gente en movimiento.