Los pocos que se detenían al pasar y se preguntaban qué estaría haciendo el hombre que iba a ser ahorcado mañana, habrían dormido muy mal aquella noche si hubieran podido verlo.
Desde primera hora de la tarde hasta casi la medianoche, pequeños grupos de dos o tres se presentaron en la puerta de la portería y preguntaron, con rostros ansiosos, si se había recibido algún indulto.
Como a esto se les respondía negativamente, comunicaban la grata noticia a los corrillos en la calle, que se señalaban unos a otros la puerta por la que debía salir, y mostraban dónde se levantaría el patíbulo, y, alejándose con pasos reacios, se volvían para evocar la escena.
Poco a poco se fueron marchando, uno a uno; y, durante una hora, en lo más hondo de la noche, la calle quedó entregada a la soledad y a la oscuridad.
El espacio frente a la prisión había sido despejado, y ya se habían colocado algunas barreras fuertes, pintadas de negro, a lo largo del camino para contener la presión de la multitud esperada, cuando el señor Brownlow y Oliver aparecieron en la puerta y presentaron una orden de admisión para el preso, firmada por uno de los alguaciles. Fueron admitidos inmediatamente en la portería.
—¿Ha de venir también el joven, señor? —dijo el hombre cuyo deber era guiarlos—. No es un espectáculo para niños, señor.
—En realidad no lo es, amigo mío —replicó el señor Brownlow—; pero mis asuntos con este hombre están íntimamente relacionados con él; y como este niño lo ha visto en el cénit de su éxito y de su villanía, creo que es conveniente —aun a costa de cierto sufrimiento y temor— que lo vea ahora.
Estas pocas palabras habían sido dichas aparte, de modo que fuesen inaudibles para Oliver.