—Vaya —dijo el doctor—, siento oír eso, porque usted hace ese tipo de cosas maravillosamente. Dígame, ¿cómo está Brittles?
—El muchacho está muy bien, señor —dijo el señor Giles, recuperando su tono habitual de condescendencia—; y le envía sus respetuosos saludos, señor.
—Me alegro —dijo el médico—. Verlo aquí me recuerda, señor Giles, que el día antes de aquel en que me llamaron con tanta urgencia, realicé, a petición de su buena ama, un pequeño encargo en favor de usted. Acérquese a este rincón un momento, ¿quiere?
El señor Giles se dirigió al rincón con mucha importancia y cierto asombro, y fue obsequiado con una breve conferencia en susurros con el doctor, al término de la cual hizo muchísimas reverencias y se retiró con pasos de una prestancia inusitada.
El contenido de dicha conferencia no se reveló en el salón, pero la cocina se enteró de inmediato, pues el señor Giles marchó directo hacia allí y, tras pedir una jarra de cerveza, anunció con un aire de majestad de gran efecto que su ama se había dignado, en consideración a su valeroso comportamiento con motivo del intento de robo, depositar en la caja de ahorros local la suma de veinticinco libras para su exclusivo uso y beneficio.
Ante esto, las dos criada alzaron las manos y los ojos, y supusieron que el señor Giles empezaría a estar bastante orgulloso ahora; a lo cual el señor Giles, sacándose hacia fuera la pechera de la camisa, respondió: «No, no»; y que si notaban que se mostraba en lo más mínimo altivo con sus inferiores, les agradecería que se lo dijeran.
Y luego hizo muchos otros comentarios, no menos ilustrativos de su humildad, que fueron recibidos con igual favor y aplauso, y que además resultaron tan originales y oportunos como suelen serlo las observaciones de los grandes hombres.