“¿Dónde está?”, dijo el señor Bumble, a quien la ginebra con agua había puesto bromista. “Difícil sería decirlo. No hay obstetricia por allá, sea cual fuere el lugar a donde haya ido; así que supongo que se habrá quedado sin empleo, de todos modos”.
“¿Qué quiere decir?”, demandó el desconocido, con severidad.
—Que murió el invierno pasado —replicó el señor Bumble.
El hombre lo miró fijamente cuando le hubo dado esta información, y aunque no apartó los ojos de él durante un buen rato después, su mirada se fue volviendo vacua y distraída poco a poco, y pareció perdido en sus pensamientos.
Durante un rato, pareció dudar si debía sentirse aliviado o decepcionado por la noticia; pero al fin respiró con más libertad y, apartando los ojos, comentó que no era gran cosa. Con eso se levantó, como si fuera a marcharse.
Pero el señor Bumble era bastante astuto; y vio enseguida que se le presentaba la oportunidad de deshacerse lucrativamente de algún secreto en poder de su media naranja. Recordaba muy bien la noche de la muerte de la vieja Sally, que los acontecimientos de aquel día le habían dado buenos motivos para rememorar, por ser la ocasión en que le había propuesto matrimonio a la señora Corney; y aunque esa señora nunca le había confiado la revelación de la que había sido testigo único, él había oído lo suficiente como para saber que se relacionaba con algo que había ocurrido mientras la anciana atendía, en calidad de enfermera del hospicio, a la joven madre de Oliver Twist. Trayendo apresuradamente esta circunstancia a la memoria, informó al extraño, con aire de misterio, que una mujer había estado encerrada a