—A los muchachos los han asfixiado en las chimeneas antes de ahora —dijo otro caballero.
—Eso es porque apagaron la paja con agua antes de prenderla en la chimenea pa’ hacerlos bajar otra vez —dijo Gamfield—; eso es puro humo y nada de llama; en cambio, el humo no sirve para ná de ná en hacer que un muchacho baje, porque solo lo manda a dormir, y eso es lo que le gusta.
Los muchachos son muy tercos y muy perezosos, caballeros, y no hay na’ como una buena llama bien caliente pa’ hacerlos bajar a la carrera. ¡Y hasta es humano, caballeros, porque, aun si se han quedado atascados en la chimenea, tostarles los pies los hace forcejear pa’ desatraparse!
El caballero del chaleco blanco parecía muy divertido con esta explicación; pero su regocijo fue rápidamente reprimido por una mirada del señor Limbkins.
La junta procedió entonces a parlamentar entre sí durante unos minutos, pero en un tono tan bajo que las palabras «reducción de gastos», «quedaba bien en las cuentas», «hacer publicar un informe impreso», fueron lo único audible. Estas solo se alcanzaron a escuchar, en realidad, debido a que se repetían con mucha frecuencia y gran énfasis.
Al fin cesaron los susurros; y los miembros de la junta, habiendo recuperado sus asientos y su solemnidad, el señor Limbkins dijo:
—Hemos considerado su propuesta, y no la aprobamos.
—En absoluto —dijo el caballero del chaleco blanco.
—Decididamente no —añadieron los demás miembros.
Como al señor Gamfield le pesaba la ligera acusación de haber matado a golpes a tres o cuatro muchachos ya, se le ocurrió que la junta