—Pues sí que mencioné eso, y no me importaría dedicarme a ello de vez en cuando —replicó el señor Claypole lentamente—; pero no saldría a cuenta por sí solo, ya sabe.
—¡Eso es verdad! —observó el judío, rumiando o fingiendo rumiar—. No, puede que no.
—¿Qué te parece, entonces? —preguntó Noah, mirándolo con ansiedad—. Algo disimulado, donde fuera un trabajo bastante seguro, y sin mucho más riesgo que estar en casa.
—¿Qué opinas de las viejas? —preguntó Fagin—. Se gana un buen dinero arrebatándoles los bolsos y los paquetes, y doblando la esquina a la carrera.
—¿No gritan un buen rato y a veces arañan? —preguntó Noah, sacudiendo la cabeza—. No creo que eso sirva a mis propósito. ¿No hay ningún otro ramo disponible?
—¡Alto! —dijo Fagin, poniendo la mano sobre la rodilla de Noah—. El kinchin lay.
—¿Qué es eso? —exigió saber el señor Claypole.
—Los kinchins, querida —dijo Fagin—, son los niños pequeños que sus madres mandan a hacer recados con seispeniques y chelines, y el truco consiste simplemente en quitarles el dinero —siempre lo llevan preparado en la mano—, luego tirarlos a la cuneta y alejarse muy despacio, como si no pasara otra cosa que un niño que se ha caído y se ha hecho daño. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!