—Las ocho, Bill —dijo Nancy cuando cesó la campana.
—¿De qué sirve que me digas eso?; ¡puedo oírlo, acaso no! —replicó Sikes.
—Me pregunto si podrán oírlo —dijo Nancy.
—Claro que pueden —respondió Sikes—. Era la época de San Bartolomé cuando me encerraron, y no había trompeta de hojalata en la feria cuyo chirrido no pudiera oír. Después de que me echaron el cerrojo por la noche, el alboroto y el estrépito de afuera hacían que la vieja cárcel tronadora fuera tan silenciosa, que casi me habría reventado los sesos contra las placas de hierro de la puerta.
—¡Pobre muchacho! —dijo Nancy, que aún tenía el rostro vuelto hacia el lugar de donde había provenido el tañido de la campana—. ¡Ay, Bill, unos mozos tan apuestos como ésos!
—Sí; en eso es en lo único en lo que pensáis vosotras las mujeres —respondió Sikes—. ¡Buenos y jóvenes mozos! Bueno, ya están casi muertos, así que no importa mucho.
Con este consuelo, el señor Sikes pareció reprimir una creciente tendencia a los celos y, apretándole la muñeca con más fuerza, le ordenó que volviera a apresurar el paso.
—¡Espera un minuto! —dijo la chica:
«Yo no pasaría de largo a toda prisa, si fueras tú el que va a salir a ser ahorcado la próxima vez que den las ocho, Bill. Daría vueltas y vueltas alrededor del lugar hasta caer rendida, aunque la nieve cubriera el suelo y no tuviera un chal con qué cubrirme».
—¿Y de qué serviría eso? —preguntó el poco sentimental señor Sikes—. A menos que puedas