hombre?». «¡Maldita sea! —dice Chickweed—, ¡lo he perdido otra vez!». Fue un suceso notable, pero no se le veía por ningún lado, así que volvieron al mesón.
A la mañana siguiente, Spyers ocupó su antiguo puesto y miró hacia fuera, desde detrás de la cortina, en busca de un hombre alto con un parche negro en el ojo, hasta que le volvieron a doler los propios ojos. Al fin, no pudo evitar cerrarlos para aliviarlos un minuto; y en el mismo instante en que lo hizo, oye a Chickweed gritar a voz en cuello: «¡Aquí está!».
¡Vuelve a salir corriendo una vez más, con Chickweed a mitad de calle por delante de él; y tras una carrera dos veces más larga que la de ayer, el hombre se vuelve a perder!
Esto se repitió una o dos veces más, hasta que la mitad de los vecinos dio por sentado que el señor Chickweed había sido robado por el diablo, que le estaba gastando bromas después; y la otra mitad, que el pobre señor Chickweed se había vuelto loco de pena.
—¿Qué dijo Jem Spyers? —inquirió el doctor, que había regresado a la estancia poco después de comenzado el relato.
—Jem Spyers —reanudó el oficial—, durante mucho tiempo no dijo nada en absoluto y lo escuchó todo sin parecer hacerlo, lo cual demostraba que entendía su oficio. Pero, una mañana, entró en la taberna y, sacando su tabaquera, dice: «Chickweed, he descubierto quién hizo este dichoso robo». «¿Los has descubierto? —dijo Chickweed—. ¡Oh, mi querido Spyers, déjame solo tener venganza y moriré contento! ¡Oh, mi querido Spyers, dónde está el bellaco!».