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nydus/Oliver TwistPublic
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II. De cómo creció, se educó y se alimentó Oliver Twist

Oliver hizo una reverencia, que repartió entre el bedel de la silla y el sombrero de tres picos de la mesa.

—¿Me acompañas, Oliver? —dijo el señor Bumble con voz majestuosa.

Oliver iba a decir que iría con cualquiera con la mayor buena disposición, cuando, al levantar la vista, vio a la señora Mann, que se había colocado detrás del sillón del bedel y le amenazaba con el puño con expresión furiosa. Comprendió la indirecta al instante, pues el puño se le había grabado demasiadas veces en el cuerpo como para no estar profundamente grabado en su memoria.

—¿Irá conmigo? —preguntó el pobre Oliver.

—No, no puede —respondió el señor Bumble—. Pero vendrá a verte a veces.

Esto no era un gran consuelo para el niño. Con lo joven que era, sin embargo, tenía bastante sentido común como para fingir un gran pesar por su marcha. No le resultó muy difícil al muchacho acudir a las lágrimas. El hambre y los recientes malos tratos son grandes colaboradores si uno quiere llorar; y Oliver lloró con absoluta naturalidad. La señora Mann le prodigó mil abrazos y lo que Oliver deseaba mucho más: un trozo de pan con mantequilla, no fuera a parecer demasiado hambriento cuando llegara al hospicio. Con la rebanada de pan en la mano y la pequeña gorra parroquial de paño marrón en la cabeza, Oliver fue conducido entonces por el señor Bumble lejos de aquel mísero hogar donde ni una sola palabra o mirada amable había iluminado jamás la penumbra de sus años infantiles.

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