amigos los ladrones y se reirá de usted. Si ese muchacho vuelve a pisar esta casa, señor, me comeré la cabeza.
Con estas palabras acercó su silla a la mesa; y allí se sentaron los dos amigos, en silenciosa expectativa, con el reloj entre ambos.
Digna es de mención, como ilustración de la importancia que concedemos a nuestros propios juicios y del orgullo con el que emitimos nuestras más temerarias y apresuradas conclusiones, el hecho de que, aunque el señor Grimwig no era ni mucho menos un hombre malvado, y aunque se habría sentido sinceramente apesadumbrado al ver a su respetado amigo timado y engañado, en aquel momento deseaba de todo corazón y con gran intensidad, en verdad, que Oliver Twist no regresara.
Se hizo tan oscuro que las cifras de la esfera apenas eran distinguibles; pero allí los dos viejos caballeros continuaron sentados, en silencio, con el reloj entre ambos.