El judío asomó la cabeza por la puerta de la habitación cuando Sikes se hubo marchado; lo miró mientras caminaba por el oscuro pasillo; agitó su puño cerrado; murmuró una maldición profunda y luego, con una sonrisa horrible, volvió a sentarse a la mesa, donde pronto quedó profundamente absorsorbo en las interesantes páginas del Hue-and-Cry.
Mientras Oliver Twist, sin sospechar ni por asomo que se hallaba a tan corta distancia del alegre viejo caballero, iba de camino hacia el puesto de libros.
Cuando llegó a Clerkenwell, torció por casualidad por una calle secundaria que no era exactamente la que le convenía; pero al no descubrir su error hasta haber recorrido ya la mitad, y sabiendo que tenía que llevarlo en la dirección correcta, no creyó que valiera la pena dar media vuelta; y así prosiguió su marcha, tan deprisa como pudo, con los libros bajo el brazo.
Iba caminando, pensando en lo feliz y satisfecho que debería sentirse; y en cuánto daría tan solo por echarle una mirada al pobre pequeño Dick, quien, famélico y golpeado, tal vez estuviera llorando amargamente en ese mismo momento; cuando se vio sobresaltado por una joven que gritaba