puentes retrocediendo, abandonaron sus puestos y, corriendo hacia la calle, se unieron a la muchedumbre que ahora abarrotaba en aturullada mezcla el lugar que acababan de dejar: cada hombre aplastando y forcejeando con su prójimo, y todos jadeando de impaciencia por acercarse a la puerta y contemplar al criminal cuando los oficiales lo sacaran. Los gritos y alaridos de quienes estaban presionados casi hasta la asfixia, o pisoteados y hollados bajo los pies en la confusión, eran espantosos; los estrechos caminos quedaron completamente bloqueados; y en ese momento, entre la avalancha de algunos para recuperar el espacio frente a la casa, y los vanos forcejeos de otros para zafarse de la masa, la atención inmediata se desvió del asesino, aunque el anhelo universal de su captura aumentó, si ello era posible.
El hombre se había encogido, totalmente subyugado por la ferocidad de la multitud y la imposibilidad de huir; pero al ver este cambio repentino, con no menor rapidez que aquella con la que se había producido, se puso en pie de un salto, decidido a hacer un último esfuerzo por su vida arrojándose a la zanja y, a riesgo de morir ahogado, intentando escapar