aquellos a quienes hace tan felices; ella no morirá. El Cielo jamás dejará que muera tan joven”.
“¡Silencio! —dijo la señora Maylie, poniendo la mano sobre la cabeza de Oliver—. > Pieñas como un niño, pobre muchacho. Pero, a pesar de todo, me enseñas mi deber. Lo había olvidado por un momento, Oliver, pero espero que se me perdone, pues soy vieja y he visto suficiente enfermedad y muerte como para conocer la agonía de la separación de los seres que amamos. He visto también lo suficiente como para saber que no siempre los más jóvenes y los mejores se salvan para quienes los aman; pero esto debería darnos consuelo en nuestra pena, pues el cielo es justo; y tales cosas nos enseñan, de manera conmovedora, que hay un mundo más luminoso que este y que el camino hacia él es rápido. ¡Hágase la voluntad de Dios! ¡La