“¡Tía no!”, exclamó Oliver, echándole los brazos al cuello; “¡nunca la llamaré tía; hermana, mi propia y querida hermana, a quien algo le enseñó a mi corazón a amar con tanta ternura desde el primer momento! ¡Rosa, querida y entrañable Rosa!”.
Sean sagradas las lágrimas que cayeron y las palabras entrecortadas que se intercambiaron en el largo y apretado abrazo entre los huérfanos.
Un padre, una hermana y una madre fueron ganados y perdidos en ese único momento. La alegría y el dolor se mezclaron en la copa; mas no hubo lágrimas amargas: pues aun el dolor mismo surgió tan mitigado, y revestido de recuerdos tan dulces y tiernos, que se convirtió en un placer solemne y perdió todo carácter de dolor.
Ellos estuvieron mucho, muchísimo tiempo solos. Un suave golpe en la puerta anunció, al fin, que había alguien afuera. Oliver