Dicho esto, saltó por encima del seto y salió disparado a una velocidad que hizo sumamente difícil para los demás mantenerse cerca de él.
Giles lo siguió tan bien como pudo; y Oliver lo siguió también; y en el espacio de uno o dos minutos, el señor Losberne, que había estado dando un paseo y acababa de regresar, tropezó con el seto tras ellos y, incorporándose con más agilidad de la que se le hubiera supuesto, se lanzó por el mismo camino a no desdeñable velocidad, gritando todo el tiempo, de manera prodigiosa, para saber qué pasaba.
Allí seguían todos adelante; ni se detuvieron un instante a respirar, hasta que el cabecilla, desviándose hacia un rincón del campo indicado por Oliver, comenzó a registrar minuciosamente la zanja y el seto contiguos; lo que dio tiempo al resto del grupo para alcanzarles y a Oliver para comunicarle al señor Losberne las circunstancias que habían conducido a una persecución tan enérgica.
La búsqueda fue totalmente en vano. No se veían ni siquiera rastros de pisadas recientes.
Se encontraban ahora en la cima de una pequeña colina que dominaba los campos abiertos en todas direcciones durante un radio de tres o cuatro millas.
- Allí estaba el pueblo, en la hondonada a la izquierda; pero, para llegar hasta él, tras seguir la pista que Oliver había señalado, los hombres habrían tenido que dar un rodeo por un terreno abierto, lo cual les era imposible haber logrado en tan poco tiempo.
- Un espeso bosque bordeaba los prados en otra dirección; pero no habrían podido alcanzar ese escondite por la misma razón.
—Debió de haber sido un sueño, Oliver —dijo Harry Maylie.
—¡Oh, no, en efecto, señor! —respondió Oliver, estremeciéndose al solo recuerdo del rostro de aquel viejo malvado—; lo vi con demasiada