—¡Digo! —dijo el hombre, con ebria gravedad—; eso no se puede hacer, sabe.
—¿Y por qué no? —replicó Sikes—. Me vas a hacer el favor de alojarnos, ¿y qué me impide invitar a un par de pintas o cosa así en agradecimiento?
El desconocido reflexionó sobre este argumento con rostro muy circunspecto; hecho lo cual, agarró a Sikes de la mano y declaró que era un tío de primera. A lo cual el señor Sikes replicó que estaba bromeando, ya que, de haber estado sobrio, habría habido buenas razones para suponer que lo estaba.
Tras el intercambio de unos cuantos cumplidos más, desearon las buenas noches a la compañía y salieron; la muchacha, mientras tanto, recogía las tarros y los vasos, y salió perezosamente hasta la puerta, con las manos llenas, para ver partir al grupo.
El caballo, por cuya salud se había bebido en su ausencia, estaba afuera: ya aparejado al carro.
Oliver y Sikes subieron sin más preámbulos; y el hombre al que pertenecía, tras haberse demorado un minuto o dos «para echarle valor», y para desafiar al mozo de cuadra y al mundo a encontrar otro igual, montó también.
Entonces, le ordenaron al mozo de cuadra que le diera rienda suelta al caballo; y, habiéndosele dado rienda suelta, hizo un uso muy desagradable de ella:
- la estiraba en el aire con gran desdén,
- y se empotró contra los ventanales del salón de enfrente;
tras realizar tales proezas, y sostenerse por un breve momento sobre sus patas traseras, emprendió la marcha a gran velocidad y salió del pueblo traqueteando gallardamente.