moriría: se puso en pie e intentó caminar. Le daba vueltas la cabeza y titubeaba de un lado a otro como un borracho. Sin embargo, se mantuvo en pie y, con la cabeza inclinada lánguidamente sobre el pecho, siguió dando tumbos hacia adelante, sin saber
Y ahora, huestes de ideas desconcertantes y confusas acudieron en tropel a su mente. Le parecía estar todavía caminando entre Sikes y Crackit, que discutían airadamente —pues las mismas palabras que decían resonaban en sus oídos—; y cuando lograba captar su propia atención, por decirlo así, haciendo un violento esfuerzo para evitar caerse, descubría que les estaba hablando. Luego, se encontraba a solas con Sikes, avanzando con paso pesado como el día anterior; y al pasar junto a ellos gente difusa, sentía el apretón del bandido en su muñeca. De repente, retrocedía asustado ante el estampido de armas de fuego; se elevaban en el aire gritos y vociferaciones audibles; luces destellaban ante sus ojos; todo era ruido y tumulto, mientras una mano invisible se lo llevaba apresuradamente. A través de todas estas visiones rápidas, latía una conciencia indefinida e inquieta de dolor, que lo fatigaba y atormentaba sin cesar.
Así avanzó tambaleándose, reptando, casi mecánicamente, entre los barrotes de las cancelas o a través de los huecos de los setos según le salían al paso, hasta que llegó a un camino. Aquí la lluvia comenzó a caer con tanta fuerza que logró despertarlo.
Miró a su alrededor y vio que a no mucha distancia había una casa, a la que tal vez podría llegar.
Compadecidos de su estado, tal vez se apiadarían de él; y si no lo hacían, pensó que sería mejor morir cerca de seres humanos que en los solitarios campos abiertos.
Reunió todas sus fuerzas para un último intento, y encaminó hacia allí sus pasos tambaleantes.