de años felices estaban ligados a él, y a aquella hermosa criatura de su sangre y linaje que se reunió con su Dios en su juventud y me dejó aquí, como un hombre solitario y solo; es porque él se arrodilló conmigo junto al lecho de muerte de su única hermana cuando aún era un muchacho, en la mañana que habría —mas el cielo dispuso otra cosa— hecho de ella mi joven esposa; es porque mi corazón marchitado se aferró a él, desde entonces en adelante, a través de todas sus pruebas y errores, hasta que murió; es porque los viejos recuerdos y asociaciones llenaron mi corazón, y hasta la vista de ti trae consigo viejos pensamientos de él; es por todas estas cosas que me conmuevo para tratarte con gentileza ahora —sí, Edward Leeford, aun ahora— y me sonrojo por tu indignidad al llevar ese nombre.
—¿Qué tiene que ver el nombre? —preguntó el otro, tras contemplar, a medias en silencio y a medias con terco asombro, la agitación de su compañero—. ¿Qué me importa a mí el nombre?
—Nada —respondió el señor Brownlow—; nada para ti. Pero era de ella, y aun a esta distancia del tiempo me devuelve, a mí, un viejo, el fervor y la emoción que una vez sentí, con solo oírlo repetir por un extraño. Me alegra mucho que lo hayas cambiado, muchísimo, muchísimo.
—Todo esto está muy bien —dijo Monks (para conservar el nombre que se había puesto) después de un largo silencio, durante el cual se había mecido de un lado a otro con hosco desafío, mientras el señor Brownlow había estado sentado, cubriéndose el rostro con la mano—. ¿Pero qué quiere conmigo?
—Tienes un hermano —dijo el señor Brownlow, reaccionando—:
«un hermano cuyo nombre, al susurrártelo al oído cuando te seguí por la calle, era por sí solo casi suficiente para hacer que me acompañaras hasta aquí, presa del asombro y del miedo».