“Sé muy bien lo que me digo. ¿Te acuerdas de aquella vez que le robaron el dinero a Conkey, eh? ¡Qué gran susto se llevaron! ¡Mucho mejor que cualquier libro de novelas de los que he
—¿Qué fue eso? —inquirió Rose, ansiosa por alentar cualquier síntoma de buen humor en los indeseados visitantes.
—Fue un robo, señorita, del que casi nadie habría sospechado —dijo Blathers—. Este tal Conkey Chickweed...
—Conkey significa Narigón, señora —interpuso Duff.
—Pues claro que la señora lo sabe, ¿verdad que sí? —inquirió el señor Blathers—. ¡Siempre interrumpiendo, socio! Este tal Conkey Chickweed, señorita, llevaba un mesón por los rumbos de Battlebridge, y tenía una bodega adonde iban muchos jóvenes lores a ver peleas de gallos, caza de tejones y cosas de esas; y unos entretenimientos de lo más intelectual, pues yo los he visto muchas veces. Él no era de la familia en aquel entonces; y una noche le robaron trescientas veintisiete guineas en una bolsa de lona, que se la robaron de su recámara en lo más hondo de la noche, un hombre alto con un parche negro en el ojo, que se había escondido debajo de la cama y, tras cometer el robo, dio un salto mortal por la ventana, la cual estaba a solo un piso de altura. Fue de lo más ágil. Pero Conkey también era ágil, pues le disparó un trabuco tras él y despertó al vecindario. Armaron una batida al instante, y cuando se pusieron a registrar por allí, descubrieron que Conkey le había dado al ladrón, pues había rastros de sangre por todo el camino hasta unas estacas de madera bastante lejos de allí; y allí los perdieron. Sin embargo, se había largado con la pasta; y, por consiguiente, el nombre del señor Chickweed, tabernero autorizado, apareció en la Gaceta entre los demás bancarrotas; y toda clase de beneficios y suscripciones, y yo qué sé cuánto más, se organizaron para el pobre hombre, que estaba muy decaído por su