“¡Un muchacho! —exclamó el judiyo—; ¡Ah! ¡Conque es un panel, eh?”.
—¡Qué te importa lo que sea! —replicó Sikes—. Necesito un muchacho, y no tiene que ser muy grande.
¡Válgame Dios! —dijo el señor Sikes, pensativo—, ¡si tan solo hubiera tenido a aquel muchachito de Ned, el deshollinador! Lo mantenía pequeño a propósito y lo alquilaba por trabajos. ¡Pero al padre lo arrestan!; y entonces viene la Sociedad de Delincuentes Juveniles y le quita el muchacho a un oficio donde estaba ganando dinero, le enseña a leer y escribir, y con el tiempo lo hace aprendiz.
Y así siguen —dijo el señor Sikes, con la cólera en aumento ante el recuerdo de sus agravios—; así siguen; y, si tuvieran bastante dinero (lo cual es una providencia que no lo tengan), no nos quedarían ni media docena de muchachos en todo el gremio, en uno o dos años.
—Tampoco deberíamos —accedió el judío, que había estado meditando durante este discurso y solo había captado la última frase—. ¡Bill!
—¿Y ahora qué? —preguntó Sikes.
El judío inclinó la cabeza hacia Nancy, que todavía estaba contemplando el fuego, e indicó, mediante una seña, que quería que se le dijera que saliera de la habitación. Sikes se encogió de hombros con impaciencia, como si considerara innecesaria la precaución; pero accedió, no obstante, pidiéndole a la señorita Nancy que le fuera a buscar una jarra de cerveza.