“¡No!”, dijo Sikes.
—Dile que me deje ir, Fagin. Más le valdrá. Será mejor para él. ¿Me oyes? —gritó Nancy, golpeando el suelo con el pie.
“¡Que te oigo!”, repitió Sikes volviéndose en su silla para enfrentarse a ella. “¡Sí! ¡Y si te oigo medio minuto más, el perro te clavará tal bocado en la garganta que te arrancará parte de esa voz chillona! ¡Qué te pasa, mala puta! ¿Qué es?”.
—Déjame ir —dijo la muchacha con gran fervor; luego, sentándose en el suelo, ante la puerta, añadió—: Bill, déjame ir; no sabes lo que estás haciendo. No, de verdad que no. ¡Tan solo una hora—anda—anda!
—¡Córtame las extremidades una a una! —exclamó Sikes, agarrándola bruscamente del brazo—, si no me parece que la muchacha está completamente loca de remate. Levántate.
“¡Hasta que no me dejes ir, hasta que no me dejes ir, jamás, jamás!”, gritó la muchacha.
Sikes la contempló por un minuto, al acecho de su oportunidad, y, apresándole súbitamente las manos, la arrastró —mientras ella forcejeaba y batallaba con él por el camino— hasta una pequeña habitación contigua, donde se sentó en un banco y, empujándola hacia una silla, la retuvo a la fuerza.
Ella forcejeó y suplicó alternativamente hasta que dieron las doce y, entonces, cansada y exhausta, dejó de discutir el asunto. Con una advertencia, respaldada por muchos juramentos, de no hacer más intentos de salir aquella noche, Sikes la dejó para que se recuperara a su ritmo y se reunió con Fagin.