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nydus/The Last ManPublic
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V. Amor a primera vista

El sol iba naciendo al entrar yo en la brecha de las colinas. Tras el paso de las eras, la colina de Birnam volvía a estar cubierta por un bosque joven, mientras que unos pinos más añosos, plantados al propio comienzo del siglo XIX por el entonces duque de Athol, otorgaban solemnidad y belleza al paisaje. El sol naciente tiñó primero las copas de los pinos; y mi espíritu, hecho profundamente receptivo a las gracias de la naturaleza por mi educación montañesa, y hallándome ahora en vísperas de volver a contemplar a mi querido y quizás moribundo amigo, se vio extrañamente influido por la visión de aquellos lejanos rayos: sin duda eran augurios, y como tales los consideré, buenos augurios para Adrian, de cuya vida dependía mi felicidad.

¡Pobre amigo! yacía tendido en un lecho de dolor, con las mejillas encendidas por los tintes de la fiebre, los ojos entrecerrados, el aliento irregular y difícil. Sin embargo, era menos doloroso verle así, que hallarle cumpliendo las funciones animales sin interrupción, con la mente enferma mientras tanto. Me instalé junto a su lecho; jamás me aparté de él ni de día ni de noche. Amarga tarea fue contemplar cómo su espíritu vacilaba entre la muerte y la vida: * ver su mejilla cálida y saber que el mismo fuego que ardía en ella con demasiada fiereza estaba consumiendo el combustible vital; * escuchar su voz doliente, que tal vez nunca volvería a articular palabras de amor y sabiduría; * presenciar los inútiles movimientos de sus extremidades, que pronto habrían de ser envueltas en

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