Raymond, compartiría sus fortunas, participaría de sus consejos. ¿Ha de ser así? Ya no somos amantes; ni puedo llamarme amiga de nadie; puesto que, perdida como estoy, no me queda ningún pensamiento que sustraer de mi propio y apesadumbrado ser que me absorbe. ¡Pero me complacerá verlo todos los días!; escuchar la voz pública que lo alienta; mantener vivo su amor paternal por nuestra niña; oír su voz; saber que estoy cerca de usted, aunque ya no sea mío. > “Si desea romper las cadenas que nos atan, diga una sola palabra y se hará—cargaré con toda la culpa ante los ojos del mundo, de dureza o falta de afecto. > “Sin embargo, como he dicho, me complacería más, al menos por el presente, vivir bajo el mismo techo con usted. Cuando la fiebre de mi joven vida se extinga; cuando la vejez apacible dome al buitre que me devora, la amistad podrá llegar, estando muertos el amor y la esperanza. ¿Puede ser esto verdad? ¿Puede mi alma, unida inextricablemente a este marco perecedero, volverse letárgica y fría, así como este mecanismo sensitivo perderá la elasticidad de su juventud? Entonces, con ojos sin brillo, cabellos grises y frente arrugada, aunque ahora las palabras suenen huecas y sin sentido, entonces, tambaleándome al
La respuesta de Raymond fue breve. ¿Qué podía responderle en verdad a sus quejas, a sus pesares, de los cuales ella se rodeaba celosamente y con palidez, apartando cualquier idea de remedio? > «A pesar de tu amarga carta —escribió—, pues amarga debo llamarla, eres la persona más importante en mi consideración, y es tu felicidad lo que