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nydus/The Last ManPublic
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VI

—¡Hombre pusilánime! —exclamó Adrián con indignación—: ¡Tus compatriotas confían en ti, y tú los traicionas!

«¡Yo los traiciono! —dijo Ryland—, la peste me traiciona a mí. ¡Pusilánimes! Qué bien se está, encerrados en vuestro castillo, fuera de peligro, fanfarroneando por miedo. ¡Que tome el Protectorado quien quiera; ante Dios, y a él renuncio!».

—¡Y ante Dios —respondió su contrincante con fervor—, lo acepto! Nadie disputará este honor ahora; nadie envidia mi peligro o mis fatigas. Deposita tus poderes en mis manos. Mucho tiempo he luchado con la muerte, y mucho —(extendió su mano delgada)— mucho he sufrido en la batalla. No es huyendo, sino enfrentando al enemigo, como podemos vencer. Si mi último combate está a punto de librarse ahora, y he de salir derrotado, ¡que así sea!

—Pero vamos, Ryland, ¡vuelve en ti! Los hombres te han considerado hasta ahora magnánimo y sabio, ¿vas a echar por tierra estos títulos? Considera el pánico que causará tu partida. Regresa a Londres. Iré contigo. Alienta al pueblo con tu presencia. Yo correré todo el peligro. ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza que el primer magistrado de Inglaterra sea el primero en renunciar a sus deberes!

Mientras tanto, entre nuestros invitados en el parque, todo pensamiento de festividad se había desvanecido. Como moscas de verano dispersadas por la lluvia, así esta congregación, que poco antes bulliciosa y feliz se disolvía entre tristezas y murmullos melancólicos, fue menguando con rapidez. Con la puesta de sol y el crepúsculo cada vez más espeso, el parque quedó casi vacío. Adrian y Ryland seguían en profunda discusión. Habíamos preparado un banquete para nuestros invitados en el salón inferior del castillo; y hacia allí Idris y yo nos dirigimos para recibir y entretener a los pocos que quedaban. No hay nada más melancólico que una reunión alegre convertida de este modo en pesar: los

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