Poseía (aunque tal afirmación pueda parecer una paradoja) algo que pertenece a pocos: la capacidad de ser feliz.
Su delicada constitución y su imaginación creadora la hacían singularmente susceptible a la emoción placentera.
La desbordante calidez de su corazón, al hacer del amor una planta de raíces profundas y majestuoso crecimiento, había sintonizado toda su alma para la recepción de la felicidad, cuando encontró en Raymond todo cuanto podía adornar el amor y satisfacer su imaginación.
Pero si el sentimiento sobre el que se fundaba el edificio de su existencia llegaba a trivializarse por el desvío, la interminable sucesión de atenciones y elegantes acciones rota por la transferencia, su universo de amor arrancado de ella, la felicidad tendría que partir, para ser reemplazada entonces por su opuesto.
Las mismas peculiaridades de su carácter convertían sus pesares en agonías; su imaginación los magnifica, su sensibilidad la hacía estar siempre abierta a su renovada impresión; el amor envenenaba el aguijón que le atravesaba el corazón.
No había en su dolor ni sumisión, ni paciencia, ni abnegación; luchaba contra él, forcejeaba bajo su peso y hacía que cada punzada fuera más aguda por el hecho de resistirse.
Una y otra vez acudía a su mente la idea de que él amaba a otra. Era justa con él; creía que él sentía un tierno afecto por ella; pero dale un premio insignificante a quien, en una lotería de la que depende la vida, ha calculado ganar decenas de miles, y eso lo decepcionará más que un billete sin premio.
El afecto y la amistad de un Raymond podrían ser inestimables; pero, más allá de ese afecto, guardado aún más hondo que la amistad, se hallaba el tesoro indivisible del amor.