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nydus/The Last ManPublic
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IV. El Regreso

convergía hacia este punto central, mientras se bajaban las voces y se acercaban las sillas. Los nobles no vacilaban en expresar su temor; el otro partido se esforzaba por tratar el asunto a la ligera. > —¡Vergüenza para el país —dijo Ryland—, por dar tanta importancia a las palabras y a las frioleras!; no es más que una cuestión de nada; de la nueva pintura de los paneles de los carruajes y del bordado de las casacas de los

¿Podría, en verdad, Inglaterra despojarse de sus galas señoriales y conformarse con el estilo democrático de América? ¿Habían de borrarse entre nosotros el orgullo de la alcurnia, el espíritu patricio, las gentiles cortesías y las refinadas ocupaciones, espléndidos atributos del rango? Se nos decía que este no sería el caso; que éramos por naturaleza un pueblo poético, una nación fácilmente engañada por las palabras, dispuesta a revestir de esplendor las nubes y a rendir honor al polvo. Este espíritu jamás podríamos perderlo; y era para difundir este espíritu concentrado de linaje que la nueva ley iba a ser presentada. Se nos aseguró que, cuando el nombre y el título de inglés fueran la única patente de nobleza, todos seríamos nobles; que cuando ningún hombre nacido bajo el dominio inglés sintiera que otro le era superior en rango, la cortesía y el refinamiento se convertirían en el derecho de nacimiento de todos nuestros compatriotas. No se deshonre a Inglaterra hasta el punto de imaginar que puede prescindir de nobles, de la verdadera nobleza de la naturaleza, que llevan su patente en el talante, que desde la cuna están elevados por encima del resto de su especie porque son mejores que los demás. Entre una raza de hombres independientes, generosos y bien educados, en un país donde la imaginación es emperatriz de la mente de los hombres, no hay por qué temer que nos falte una sucesión perpetua de hombres de alta cuna y señoriales.

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