Al principio del invierno nuestro Alfred, que ya tenía nueve años de edad, fue por primera vez a la escuela en Eton. Esto le pareció el paso primordial hacia la hombría, y estaba complacido en su medida. La comunidad de estudios y diversiones desarrolló las mejores partes de su carácter: su constancia firme, generosidad y firmeza bien gobernada. ¡Qué emociones profundas y sagradas se despiertan en el pecho de un padre cuando por primera vez se convence de que su amor por su hijo no es un mero instinto, sino algo dignamente concedido, y que otros, menos emparentados, comparten su aprobación! Era una felicidad suprema para Idris y para mí descubrir que la franqueza que indicaba la abierta frente de Alfred, la inteligencia de sus ojos, la templada sensibilidad de sus tonos, no eran ilusiones, sino indicios de talentos y virtudes que «crecerían con su crecimiento y se fortalecerían con su fuerza». En este período —el fin del amor de un animal por su procreación— comienza el verdadero afecto del padre humano. Ya no miramos esta parte más querida de nosotros mismos como a una planta tierna a la que debemos cuidar, o a un juguete para una hora de ocio. Edificamos ahora sobre sus facultades intelectuales, establecemos nuestras esperanzas en sus propensiones morales. Su debilidad aún imparte ansiedad a este sentimiento, su ignorancia impide una intimidad total; pero comenzamos a respetar al futuro hombre y a esforzarnos por asegurar su estima, como si fuera nuestro igual. ¿Qué puede tener más en la mente un padre que la buena opinión de su hijo? En todas nuestras transacciones con él nuestro honor debe ser inviolable, la integridad de nuestras relaciones intachable: el destino y las circunstancias podrán, cuando llegue a la madurez, separarnos para siempre; mas, como su égida en el peligro, su consuelo en la adversidad, que el ardiente joven lleve siempre consigo por el áspero camino de la vida el amor y el honor hacia sus padres.
Habíamos vivido tanto tiempo en las inmediaciones de Eton, que su población de jóvenes nos era bien conocida. Muchos de ellos habían sido compañeros de juegos de Alfred, antes de convertirse en sus compañeros de escuela.