Pero en ese momento se oyó un estruendo. Como un trueno resonó por el cielo, mientras el aire se oscurecía. Un momento más y los viejos muros volvieron a anteponerse a mi vista, mientras sobre ellos flotaba una nube tenebrosa; fragmentos de edificios giraban en torbellino por encima, apenas visibles entre el humo, mientras las llamas estallaban abajo y continuas explosiones llenaban el aire con truenos terroríficos. Huyendo de la masa de ruinas derrumbadas que saltaba sobre los altos muros y sacudía las torres cubiertas de hiedra, una multitud de soldados se dirigió hacia el camino por el que vine; fui rodeado, cercado por ellos, incapaz de avanzar.
Mi impaciencia llegó al colmo; tendí las manos hacia los hombres; les suplicaba que volvieran y salvasen a su General, al conquistador de Stambul, al libertador de Grecia; las lágrimas, sí, lágrimas en cálido caudal brotaban de mis ojos—no quería creer en su destrucción; sin embargo, cada masa que oscurecía el aire parecía llevar consigo una porción del martirizado Raymond. Hor Sucesos horribles se me antojaban en la turbia nube que flotaba sobre la ciudad; y mi único consuelo provenía de los esfuerzos que hacía para acercarme a la puerta. No obstante, cuando logré mi propósito, todo lo que pude divisar dentro de los recintos de los macizos muros fue una ciudad de fuego: el camino abierto por el que Raymond había cabalgado estaba envuelto en humo y llamas.
Tras un intervalo cesaron las explosiones, pero las llamas aún se lanzaban hacia arriba desde varios puntos; la cúpula de Santa Sofía había desaparecido. Por extraño que parezca (resultado quizás de la conmoción del aire ocasionada por la voladura de la ciudad), enormes nubarrones blancos se alzaron desde el horizonte meridional y se congregaron sobre nuestras