activo espíritu de benevolencia completaron la conquista. Ya a esta temprana edad, era muy culto y estaba imbuido del espíritu de la alta filosofía. Este espíritu otorgaba un tono de irresistible persuasión a su trato con los demás, de modo que parecía un músico inspirado que pulsaba, con infalible destreza, la «lira de la mente» y producía de ahí una armonía divina. En su persona, apenas parecía de este mundo; su frágil complexión estaba desbordada por el alma que moraba en su interior; era todo mente; «el hombre —tan solo un junco— contra» su pecho habría vencido su fuerza, pero el poder de su sonrisa habría domesticado a un león hambriento, o hecho que una legión de hombres armados depusiera sus armas a sus pies.
Pasé el día con él. Al principio no recurrió al pasado, ni en verdad a ningún acontecimiento personal. Deseaba probablemente inspirarme confianza y darme tiempo para reunir mis pensamientos dispersos.
Habló de temas generales y me dio ideas que nunca antes había concebido. Nos sentamos en su biblioteca, y habló de los viejos sabios griegos y del poder que habían adquirido sobre las mentes de los hombres únicamente mediante la fuerza del amor y la sabiduría.
La habitación estaba decorada con los bustos de muchos de ellos, y él me describió sus caracteres. Mientras hablaba, me sentí subyugado por él; y todo mi vanagloriado orgullo y mi fuerza quedaron domeñados por las acarameladas palabras de este muchacho de ojos azules.
El dominio ordenado y cercado de la civilización, que antes había considerado inaccesible desde mi selva salvaje, vio su puertecilla abierta por él; crucé el umbral y sentí, al entrar, que pisaba mi suelo natal.
Al caer la tarde, volvió la mirada al pasado.