Con una sonrisa accedió a abandonar su país, del que nunca antes se había ausentado, y el lugar que había habitado desde su infancia; el bosque y sus árboles poderosos, los senderos arbolados y los rincones verdes donde había jugado de niña, y donde había vivido tan felizmente durante su juventud; los dejaría sin pesar, pues esperaba comprar así las vidas de sus hijos. Ellos eran su vida; más queridos que un lugar consagrado al amor, más queridos que cualquier otra cosa que la Tierra contuviera. Los muchachos escucharon con regocijo infantil acerca de nuestra mudanza; Clara preguntó si íbamos a ir a Atenas. «Es posible», le respondí, y su rostro se tornó radiante de placer. Allí contemplaría la tumba de sus padres y el territorio lleno de recuerdos de la gloria de su padre. En silencio, pero sin tregua, había meditado en estos escenarios. Fue el recuerdo de ellos el que había transformado su alegría infantil en seriedad, y le había impreso pensamientos elevados e inquietos.
Había muchos queridos amigos a los que no debíamos dejar atrás, por humildes que fuesen. Estaba el corcel fogoso y obediente que lord Raymond le había regalado a su hija; estaba el perro de Alfred y un águila domesticada, cuya vista se había nublado con la edad. Pero esta lista de favoritos que debían llevarse con nosotros no podía hacerse sin la pena de pensar en nuestras grandes pérdidas, y un profundo suspiro por las muchas cosas que debíamos dejar atrás. Las lágrimas acudieron a los ojos de Idris, mientras Alfred y Evelyn traían ahora un rosal favorito, luego un jarrón de mármol bellamente tallado, insistiendo en que debían irse, y exclamando la lástima que daba no poder llevarnos el castillo y el bosque, los ciervos y las aves, y todos los objetos acostumbrados y queridos junto con nosotros.