majestuosa servidumbre de su madre, se sentaba en los escalones toscamente labrados que conducían al manantial, ora leyendo su libro favorito, ora meditando, con especulaciones más allá de sus años, sobre la aún intrincada madeja de la moral o la metafísica. Un melancólico presentimiento me aseguró que no volvería a ver este lugar nunca más; así que, con atenta reflexión, grabé en mi mente cada árbol, cada recodo del riachuelo y cada irregularidad del terreno, para poder evocar mejor su imagen en la ausencia. Un petirrojo descendió de las ramas escarchadas de los árboles sobre el arroyo congelado; su pecho agitado y sus ojos medio cerrados mostraban que se estaba muriendo: un gavilán apareció en el aire; un miedo repentino se apoderó de la pequeña criatura; ejerció su último aliento, cayendo de espaldas, levantando las garras en impotente defensa contra su poderoso enemigo. Lo recogí y lo deposité en mi pecho. Lo alimenté con unas migajas de bizcocho; poco a poco fue reviviendo; su cálido corazón palpitante latía contra mí; no sé por qué detallo este insignificante incidente; mas la escena sigue ante mis ojos: los campos cubiertos de nieve vistos a través de los troncos plateados de las hayas; el arroyo, que en los días de felicidad bullía con aguas chispeantes, ahora ahogado por el hielo; los árboles deshojados vestidos caprichosamente de escarcha; las formas de las hojas de verano reflejadas por la mano congelada del invierno sobre el suelo duro; el cielo oscuro, el frío desolador y el silencio ininterrumpido; mientras, muy cerca de mi pecho, mi protegido de plumas yacía cálido y a salvo, expresando su contento con un leve trino. Reflexiones dolorosas se agolparon, agitando mi cerebro con salvaje conmoción; tan frío y mortecino como los campos nevados estaba todo el mundo; asolado por la miseria el caudal vital de los habitantes; ¿por qué habría de oponerme a la catarata de destrucción que nos arrastraba?, ¿por qué tensar mis nervios y renovar mis cansados esfuerzos?, ¡ah, por qué?, sino para que mi firme valor y mis alegres desvelos pudieran refugiar a la entrañable compañera que elegí en la primavera de mi vida; aunque los latidos de mi corazón estén repletos de dolor, aunque mis esperanzas para el futuro sean frías, aun así, mientras
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