La esperanza nos llama y la tristeza nos apremia, el corazón late con fuerza lleno de expectación, y este ferviente deseo de cambio debe ser un augurio de éxito. ¡Oh, ven! ¡Adiós a los muertos! ¡Adiós a las tumbas de aquellos a quienes amamos!—¡adiós al gigantesco Londres y al plácido Támesis, al río y a la montaña o hermosa comarca, cuna de sabios y virtuosos, al bosque de Windsor y a su castillo antiguo, adiós! temas para la historia solamente son—debemos vivir en otra parte.
Tales fueron en parte las razones de Adrián, pronunciadas con entusiasmo y una rapidez inapelable.
Algo más guardaba en su corazón, a lo que no se atrevía a dar palabras. Sentía que el fin de los tiempos había llegado; sabía que, uno por uno, nos desvaneceríamos en la nada.
No era conveniente aguardar esta triste consumación en nuestra tierra natal; pero viajar nos daría un propósito para cada día, algo que apartaría nuestros pensamientos del fin de las cosas que se avecinaba con rapidez.
Si íbamos a Italia, a la sagrada y eterna Roma, podríamos sobrellevar con mayor paciencia el decreto que había derribado sus poderosas torres. Podríamos disolver nuestro egoísta dolor en el aspecto sublime de su desolación.
Todo esto estaba en la mente de Adrián; pero pensó en mis hijos y, en lugar de comunicarme estos recursos de la desesperación, evocó la imagen de la salud y la vida que habríamos de hallar —dónde, no lo sabíamos; cuándo, no lo sabíamos—, pero que, de no hallarse jamás, habríamos de buscar por los siglos de los siglos.
Me ganó para su causa, en cuerpo y alma.
Correspondió a mí revelarle nuestro plan a Idris. Las imágenes de salud y esperanza que le presenté la hicieron asentir con una sonrisa.