Este relato me llenó de curiosidad. Los acontecimientos que sucedieron en su regreso a Inglaterra me produjeron sentimientos más agudos. Entre sus otras ventajas, lord Raymond era sumamente apuesto; todo el mundo lo admiraba; de las mujeres era el ídolo. Era cortés, de lengua meliflua—un experto en artes fascinantes. ¿Qué no podía lograr este hombre en el ajetreado mundo inglés? Un cambio sucedió a otro; la historia entera no me llegó; pues Adrian había dejado de escribir, y Perdita era una corresponsal lacónica. Corría el rumor de que Adrian se había vuelto—cómo escribir la palabra fatal—loco: que lord Raymond era el favorito de la exreina, el esposo destinado de su hija. Es más, que este noble ambicioso reavivaba la pretensión de la casa de Windsor a la corona, y que, en el caso del trastorno incurable de Adrian y su matrimonio con la hermana, la frente del ambicioso Raymond podría verse ceñida por el mágico anillo de la realeza.
Tal relato llenó la trompeta de la fama de múltiples voces; tal relato hizo intolerable mi prolongada estancia en Viena, lejos del amigo de mi juventud. Ahora debo cumplir mi voto; ahora ponerme a su lado y ser su aliado y apoyo hasta la muerte. ¡Adiós al placer cortesano; a la intriga política; al laberinto de la pasión y la locura! ¡Salve, Inglaterra! ¡Inglaterra natal, recibe a tu hijo!; tú eres el escenario de todas mis esperanzas, el poderoso teatro donde se representa el único drama que puede, en corazón y alma, arrastrarme consigo en su desarrollo. Una voz irresistible, un poder omnipotente, me arrastraron hacia allí. Tras una ausencia de dos años desembarqué en sus costas, sin atreverme a hacer ninguna pregunta, temeroso de cada comentario.