sonrisa viviente, el tacto comprensivo y la voz vibrante, peculiares de nuestro mecanismo mortal. No descuidemos el presente por la seguridad en el más allá. Este momento presente, por corto que sea, es parte de la eternidad, y la parte más querida, puesto que nos pertenece de manera inalienable. Tú, esperanza de mi porvenir, eres mi alegría presente. Déjame entonces mirar tus caros ojos y, al leer amor en ellos, beber un placer embriagador”.
Tímidamente, pues mi vehemencia la aterrorizó un tanto, Idris me miró. Tenía los ojos inyectados en sangre, salidos de las órbitas; cada arteria latía, a mi parecer, audiblemente, cada músculo palpitaba, cada nervio individual se hacía sentir. Su mirada de espanto salvaje me indicó que ya no podía guardar mi secreto:—«Así es, amor mío», le dije, «ha llegado la última hora de tantas felices, ni podemos eludir por más tiempo el destino inevitable. No puedo vivir mucho tiempo—pero, una y otra vez, te digo, ¡este momento es nuestro!»
Más pálida que el mármol, con los labios blancos y los rasgos convulsos, Idris cobró conciencia de mi situación. Mi brazo, mientras estaba sentado, rodeaba su cintura. Ella sintió que la palma ardía de fiebre, aun sobre el corazón al que presionaba:—«Un momento», murmuró, apenas audible, «solo un momento».—
Se arrodilló y, ocultando el rostro entre las manos, pronunció una breve pero fervorosa plegaria para poder cumplir con su deber y velar por mí hasta el final. Mientras hubo esperanza, la agonía había sido insoportable;—todo había concluido ya; sus sentimientos se volvieron solemnes y serenos. Del mismo modo que Epicaris, imperturbable y firme, se sometió a los instrumentos de tortura, Idris, reprimiendo cada suspiro y cada muestra de dolor, se dispuso a soportar unos tormentos de los cuales el potro y la rueda no son más que débiles y metafísicos símbolos.