adorada Idris. Con sencillez y valor, ella hizo a un lado los prejuicios y la oposición que obstaculizaban mi dicha, ni dudó en entregar su mano allí donde ya había entregado su corazón. Ser digno de ella, elevarme a su altura mediante el ejercicio del talento y la virtud, corresponder a su amor con una devoción e inagotable ternura fueron los únicos agradecimientos que pude ofrecer por tan incomparable regalo.
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