fueron transportadas sobre su apacible seno para enriquecer a la corona de España.
Al amanecer se descubrió que la embarcación se acercaba a la costa; se calculaba que echaría el ancla a unas cinco millas de tierra.
La noticia cundió por Atenas, y toda la ciudad se abalanzó por la puerta del Pireo, por los caminos, a través de los viñedos, los olivares y las plantaciones de higueras, rumbo al puerto.
La ruidosa alegría del populaje, los llamativos colores de sus vestimentas, el tumulto de carruajes y caballos, la marcha de los soldados entremezclados, el ondear de las banderas y el sonido de la música marcial acrecentaban la gran emoción del escenario; mientras a nuestro alrededor reposaban con solemne majestad las reliquias de la antigüedad.
A nuestra derecha se alzaba imponente la Acrópolis, espectadora de mil mudanzas, de la gloria antigua, la esclavitud turca y la restauración de una libertad caramente ganada; tumbas y cenotafios se esparcían densamente a su alrededor, adornados por una vegetación siempre renaciente; los poderosos muertos se cernían sobre sus monumentos y contemplaban en nuestro entusiasmo y muchedumbre congregada un renacer de las escenas en las que ellos habían sido los actores.
Perdita y Clara viajaban en un coche cerrado; yo las acompañaba a caballo. Por fin llegamos al puerto; estaba agitado por el oleaje procedente de alta mar; la playa, hasta donde alcanzaba la vista, se hallaba cubierta por una multitud en movimiento que, empujada por los de atrás hacia el mar, volvía a retroceder cuando las fuertes olas rompían con un rugido sombrío muy cerca de ellos. Ajusté mi catalejo y pude advertir que la fragata ya había anclado, temiendo el peligro de acercarse más a una costa de sotavento; arriaron