Después de estos acontecimientos, pasó mucho tiempo antes de que lográramos alcanzar cierto grado de serenidad.
Una tempestad moral había naufragado nuestra embarcación, ricamente cargada, y nosotros, restos de la mermada tripulación, estábamos consternados por las pérdidas y los cambios que habíamos sufrido.
Idris amaba apasionadamente a su hermano y mal podía soportar una ausencia cuya duración era incierta; su compañía me era cara y necesaria —yo había continuado con deleite mis elegidas ocupaciones literarias bajo su tutela y asistencia—; su apacible filosofía, su razón infalible y su amistad entusiasta eran el mejor ingrediente, el espíritu exaltado de nuestro círculo; incluso los niños lamentaban amargamente la pérdida de su amable compañero de juegos.
Un dolor más profundo agobiaba a Perdita. A pesar del resentimiento, día y noche se imaginaba las fatigas y los peligros de los errantes. Raymond ausente, luchando contra las dificultades, privado del poder y el rango del Protectorado, expuesto a los peligros de la guerra, se convirtió en objeto de un ansioso interés; no es que sintiera inclinación alguna por llamarlo de nuevo, si tal llamamiento implicaba un retorno a su unión anterior. Semejante retorno le parecía imposible; y mientras lo creía así, y con angustia lamentaba que así tuviera que ser, seguía enfadada e impaciente con aquel que causaba su desdicha.
Estas perplejidades y pesares la llevaban a mojar su almohada con lágrimas nocturnas, y a reducir su cuerpo y su mente a la sombra de lo que había sido. * Buscaba la soledad y nos evitaba cuando, con alegría y afecto desenfrenado, nos reuníamos en círculo