el ancho lomo de las olas. Me esforcé con mi remo largo para imprimir un rápido impulso a nuestro esquife; y, mientras las aguas salpicaban con un sonido melancólico contra sus costados, miré con triste afecto este último vistazo de la Inglaterra ceñida por el mar, y esforcé la vista para no perder demasiado pronto de vista el acantilado coronado de castillos, que se alzaba para proteger la tierra del heroísmo y de la belleza contra las incursiones del océano, el cual, por turbulento que lo hubiera visto poco antes, exigía murallas tan ciclópeas para ser repelido. Una solitaria gaviota cruzó el aire batiendo las alas sobre nuestras cabezas en busca de su nido en una hendidura del precipicio. Sí, tú volverás a visitar la tierra de tu nacimiento —pensué, mientras miraba con envidia al aéreo viajero—, ¡pero nosotros, nunca jamás! > Tumba de Idris, ¡adiós! Tumba en la que yace sepultado mi corazón, ¡adiós para
Estuvimos doce horas en el mar, y el fuerte oleaje nos obligó a emplear todas nuestras fuerzas. Por fin, a fuerza de remar, alcanzamos la costa francesa. Las estrellas se desvanecieron y la gris mañana arrojó un tenue velo sobre los cuernos plateados de la menguante luna; el sol se alzó ancho y rojo desde el mar, mientras caminábamos por la arena hacia Calais. Nuestro primer cuidado fue conseguir caballos, y aunque cansados por nuestra noche de vigilia y fatiga, algunos de los nuestros fueron inmediatamente en su busca por los amplios campos de la llanura abierta y ahora estéril que rodea Calais. Nos dividimos, como marineros, en turnos, y unos descansaron mientras otros preparaban la comida de la mañana. Nuestros forrajeadores regresaron al mediodía con solo seis caballos; en ellos, Adrián y yo, y otros cuatro, continuamos nuestro viaje hacia la gran ciudad que sus habitantes habían bautizado con afecto como la capital del mundo civilizado. Nuestos caballos se habían vuelto casi salvajes debido a su larga pausa, y cruzamos la llanura alrededor de Calais con impetuosa velocidad. Desde la altura cerca de Boulogne, me volví de nuevo para mirar a Inglaterra; la naturaleza había arrojado un neblinoso sudario sobre ella, su acantilado estaba oculto; allí se extendía la barrera acuosa que nos separaba, para no ser cruzada jamás; yacía sobre la llanura oceánica,